Dante
I
—Cuando todo esto acabe y yo esté de regreso en tus brazos... vamos a casarnos, señor salvaje.
Las palabras de Isabel quedan flotando en el aire de la alcoba como un disparo a quemarropa. Me quedo completamente congelado, con las pupilas fijas en su rostro sereno, sintiendo un vuelco violento en mitad del pecho. No puedo creer lo que acabo de escuchar de su boca. Mi mente de soldado, siempre acostumbrada a anticipar los movimientos del enemigo, se queda en blanco ante la audacia de mi p