165. Hay algo que ni te he dicho
Isabel
El vestido negro me queda un poco holgado, pero la tela oscura se siente adecuada para el peso que llevo en el pecho.
Me miro al espejo de la alcoba principal por última vez, acomodándome el cuello con manos temblorosas. Mis ojos todavía lucen apagados, víctimas del cansancio de estos últimos días, pero ya no hay lágrimas en ellos.
Hoy no puedo permitirme llorar. Hoy tengo que ser el soporte del niño que nos espera en el piso de abajo, el niño que hoy se despide de la única sangre que