128. ¿Dónde está?
Isabel
Al escuchar mis palabras, veo cómo los hombros de Alexis se desploman notablemente y deja salir un largo suspiro de alivio, como si le hubiera quitado un peso de encima.
—Joder, gracias a Dios —dice Alexei, soltando una risa corta y nerviosa—. Por lo menos uno de los dos es racional en esta bendita relación. Si te ibas al centro, ese imbécil iba a terminar de demoler la casa a golpes.
Hago una mueca, arrugando la cara por la incertidumbre que me carcome por dentro.
—No celebres tanto,