120. El monstruo que soy
Dante
La madera de la puerta se siente fría contra mi espalda cuando la cierro, pero por dentro estoy ardiendo. El aire del pasillo del hospital me golpea la cara, rancio, impregnado de ese maldito olor a desinfectante y a muerte inminente que se me está metiendo por los poros. Siento los puños tan apretados que las uñas se me clavan en las palmas, un dolor agudo y físico que agradezco, porque es lo único que me impide darme la vuelta y derribar la maldita puerta a patadas.
¿Recuperar su vida?