—Rubén, ¿estás molesto? —preguntó Diana, con los ojos llorosos.
Solo podía ver su perfil tenso, la mandíbula apretada. Aunque él mantenía la vista fija en el camino, ella sabía que estaba de pésimo humor.
—No es nada. Te llevo a tu casa —respondió Rubén, con una voz monótona—. No comimos nada, así que busca algo de cenar al llegar.
Diana bajó la cabeza sin decir palabra. Afuera, el aire de la noche era cálido, pero el aire acondicionado del carro, que normalmente era agradable, de pronto se sen