Llevaba un traje impecable que resaltaba su figura atlética y, a pesar de las gafas de sol, Efraín lo reconoció al instante: era Rubén, ese individuo que consideraba su igual. Pero lo más importante era la mujer a su lado. Era la misma que había visto hacía apenas unas horas, abatida y rota de dolor: Diana. Ahora, sin embargo, no quedaba ni rastro de su estado anterior. Iba perfectamente maquillada y enfundada en un elegante vestido negro ajustado que la hacía ver sofisticada y deslumbrante.
Cl