Francisco se negó a acostarse en la habitación de Rubén, lo que dejó a este sin opciones. Tuvo que instalarle el suero en el cuarto de huéspedes.
—Doctor, ¿estará bien después de esta bolsa? —le preguntó a su médico privado.
—Sí, estará bien. Por suerte, no llegó a un punto irreversible. Con descanso, se recuperará.
—Gracias, doctor.
—Es mi deber. Y que no coma mariscos ni nada crudo.
—Entendido.
—Bueno, señor Alarcón, me retiro.
—Que le vaya bien.
El médico se fue. El silencio volvió a apoderar