Después del delicioso banquete de bodas, Efraín supo que era hora de volver. La experiencia de esos días había calmado su espíritu. Este lugar, con su paz y su tranquilidad, era ciertamente diferente a la ciudad. Pero no era para él. Si esta era la vida que Claudia quería, él no podía dársela. Y aunque, a su parecer, el esposo de ella no estaba a su altura, tenía que admitir que la amaba profundamente. Quizás eso era suficiente. Mientras tanto, él, en un arrebato de egoísmo, se había casado con