Cuando regresaron a la mansión de los Alarcón, ya eran cerca de las cinco de la tarde. Valeria sabía perfectamente que Ofelia estaba preocupada por ella. Deseaba poder sonreír y decirle que todo estaba bien, que no tenía de qué preocuparse, pero por más que lo intentara, no conseguía esbozar una sonrisa. La negatividad seguía ahí, latente. Así que, simplemente, se rindió a su tristeza y guardó silencio durante el resto del camino.
Ofelia la miraba con un aire de cansancio. Le costaba trabajo ac