En la penumbra de la habitación, Francisco estaba sentado solo en el sofá, dándole vueltas a lo que Leo le había dicho ese día: “Ella quiere que tú le diseñes el vestido de novia. ¿Qué dices? ¿Aceptas?”.
Era absurdo, y lo más ridículo era que, pudiendo negarse, había aceptado. En el instante en que dijo que sí, lo único que le vino a la mente fue que así podría hacerle ese último favor a Rubén.
“¿Acaso me estoy volviendo loco?”.
La luz intermitente del celular rompió la quietud, con un parpadeo