—Pasa, Efraín.
Dijo Claudia.
Efraín empujó la puerta de la habitación y se acercó a la cama.
—Debes tener hambre. Pediré que traigan algo.
—No es necesario.
Claudia negó con la cabeza.
—No tengo apetito.
—No, claro que no. No estás bien y si no comes, te vas a poner peor. Si no lo haces por ti, hazlo por tu bebé, ¿entiendes?
Efraín se puso de pie.
—Voy a comprarte algo.
Cuando Efraín salió, Claudia se incorporó en silencio y se miró el vientre. Era verdad, dentro de ella había una pequeña vida.