El vapor de las enormes ollas de hierro llenaba la cocina subterránea, creando una atmósfera asfixiante. Blair restregaba el suelo de piedra con un cepillo de cerdas duras. Cada movimiento era una tortura; las heridas de su espalda, aún frescas y abiertas bajo la fina tela de su túnica de sirvienta, palpitaban con un ritmo cruel.
—¡Más rápido, paria! —gritó la jefa de cocina, una mujer corpulenta que no dejaba de vigilarla—. El guiso para los guerreros no se va a servir solo.
Blair no respondió