Sin embargo, cuando la noche caía y dejaban a sus hijas al cuidado de las runas de protección en la carpa real, después de cumplir con sus labores de vigilancia, se entregaban a la otra fuerza que los dominaba: el deseo irrefrenable que sentían el uno por el otro. En la intimidad de sus aposentos, lejos de miradas indiscretas, la máscara de la líder y el guerrero se desvanecía.
Horus admiraba cada centímetro de ella. Su mirada recorría el rostro blanco como la porcelana de Hespéride, un lienzo