El astro se elevaba en lo alto del firmamento, brillante y cruel, como un ojo implacable que no dejaba escapar nada de lo que ocurría bajo su luz. Su resplandor bañaba el campo de batalla y revelaba la magnitud del caos: todos, absolutamente todos los hombres y mujeres en condiciones de luchar, se habían transformado en lobos. Los únicos que permanecían a salvo de la maldición de la luna eran los niños y los ancianos, que observaban desde las sombras, ocultos y temblando mientras escuchaban los