Karius había ordenado a sus tropas retroceder. Los tambores callaron, las filas se recogieron, los estandartes ondearon hacia atrás con disciplina. Había comprendido que insistir en ese mismo instante era desperdiciar fuerzas contra un enemigo que había probado estar muy por encima de lo previsto. Esperaría. Que la luna llena apareciera en el cielo, que la noche se tornara un campo aún más peligroso para los mortales. Entonces lo obligaría a desgastarse hasta el final.
Horus, de pie en medio de