Horus estaba exhausto. El sudor le corría por la frente y le nublaba la visión, empapando el interior de la máscara que ocultaba su rostro. Su respiración era pesada, entrecortada, como si cada bocanada de aire fuese un esfuerzo titánico. Había peleado desde la tarde, sin descanso, sin tregua. El ejército de Atlas era un río interminable de cuerpos y acero que lo cercaba sin compasión. Por más que su don de escarcha le diese ventaja, seguía siendo solo un hombre enfrentado a un océano de enemig