Las tropas, al ver la avalancha de cadáveres amontonados y la sangre que aún humeaba sobre la tierra helada, se detuvieron en seco. El sonido metálico de las armas temblando en sus manos era lo único que rompía el silencio cargado de tensión. Nadie quería dar un paso al frente. Nadie se atrevía.
Se miraban entre sí, cubiertos por sus cascos, ocultando la desesperación en sus ojos. Aquel no era un simple humano: era una sombra, un espectro de hielo y acero que había desmantelado sus filas como s