Karius estaba en su campamento, rodeado por antorchas encendidas que arrojaban sombras alargadas sobre la tienda de mando. El aire olía a hierro y humo, mezclado con el murmullo grave de miles de soldados preparándose para la batalla nocturna. El titán hablaba con voz seca, sin levantarla demasiado, pero cada palabra era un golpe de martillo en los oídos de sus comandantes.
—Escuchen bien —gruñó él, mirando a cada uno—. Vamos a desgastarlo. Debemos cansarlo, herirlo poco a poco. Si lo atacamos