Hespéride monitoreaba todo lo que sucedía desde un lugar secreto. Había convertido sus bolas de cristal en figuras rectangulares, como pantallas que parpadeaban con luz azulada en la penumbra de su refugio. El lugar olía a hierbas quemadas y a piedra húmeda; el silencio solo lo interrumpía el crujir de las llamas verdes de su antorcha mágica.
A través de los ojos de su búho Ómicron, del cuervo Zero, que compartía la vista de Horus, y de Zeta, su cuervo. Eran sus espías. Sus sentidos estaban uni