Hespéride monitoreaba todo lo que sucedía desde un lugar secreto. Había convertido sus bolas de cristal en figuras rectangulares, como pantallas que parpadeaban con luz azulada en la penumbra de su refugio. El lugar olía a hierbas quemadas y a piedra húmeda; el silencio solo lo interrumpía el crujir de las llamas verdes de su antorcha mágica.
A través de los ojos de su búho Ómicron, del cuervo Zero, que compartía la vista de Horus, y de Zeta, su cuervo. Eran sus espías. Sus sentidos estaban unidos por un pacto, uno que había tejido con sangre y antiguas palabras prohibidas. Ese pacto le permitía a Hespéride más que vigilar: le concedía un vínculo profundo, casi visceral, con los movimientos de Horus.
Con un artefacto extraño, parecido a un gramófono de bocina curva, podía escuchar las voces distantes, los gritos de los soldados, las órdenes de los generales y hasta el jadeo contenido de los campesinos que observaban en secreto la masacre. Ella era la vigilante silenciosa, la guardiana