La luz de las farolas flotantes teñía el claro de un resplandor sobrenatural, alargando las sombras de los árboles hasta convertirlas en espectros danzantes. En el centro de aquel círculo mágico, Hespéride permanecía inmóvil, su figura esculpida en la penumbra violácea. Frente a ella, el lobo blanco de pelaje níveo y ojos de plata líquida avanzaba con una gracia silenciosa que erizaba la piel. No como el avance de un depredador hacia su presa, sino el rodeo de un ritual de dos fuerzas primordia