El viaje prosiguió bajo un cielo plomizo que prometía lluvia. La tensión entre ellos, ahora, poseía una cualidad distinta, un eco de la intimidad forzada que compartían. Horus guiaba a Frost con una concentración férrea, mientras Hespéride, delante de él, sentía el peso de aquel silencio cargado. El olor a tierra mojada y pino se intensificó y pronto el sonido de agua corriendo los guio hasta un lago de aguas oscuras y superficiales, escondido entre una arboleda de sauces llorones.
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