Horus seguía con el viaje de retorno a la ciudadela. A veces él caminaba, dejando solo a la bruja sobre Frost. Al mediodía, cuando el sol era más intenso y el sudor perlaba sus pieles, buscaban un refugio para descansar del calor abrazador que los hacía transpirar con insistencia. Más a él, que parecía como si lo estuviera derritiendo.
—Yo puedo encargarme de la comida —dijo Hespéride con neutralidad—. Es lo menos que puedo hacer.
—¿Ya estás mejor?
—Sí. Por tu atención y por tu cuidado.
—Iré a