Horus seguía con el viaje de retorno a la ciudadela. A veces él caminaba, dejando solo a la bruja sobre Frost. Al mediodía, cuando el sol era más intenso y el sudor perlaba sus pieles, buscaban un refugio para descansar del calor abrazador que los hacía transpirar con insistencia. Más a él, que parecía como si lo estuviera derritiendo.
—Yo puedo encargarme de la comida —dijo Hespéride con neutralidad—. Es lo menos que puedo hacer.
—¿Ya estás mejor?
—Sí. Por tu atención y por tu cuidado.
—Iré a buscar leña.
El lugar que habían encontrado no era más que un claro en medio de la arboleda, una pequeña sombra generosa proyectada por un roble viejo. La brisa era tenue, pero suficiente para mitigar el sofoco de las horas centrales del día. Horus se apartó con paso firme, acostumbrado a la tarea de buscar ramas secas, y no tardó en reunir un buen montón de troncos y ramaje. Sus movimientos eran rápidos, precisos, propios de alguien que había aprendido a sobrevivir sin depender de nadie más.
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