La primera mañana tras la boda, la luz del amanecer se filtró entre los cortinajes dorados de la cámara imperial. Leighis abrió los ojos lentamente, acostumbrándose al resplandor cálido que bañaba las paredes de mármol. Se sentía diferente, no tanto por lo que había ocurrido en la ceremonia, sino por el peso de la promesa que él le había hecho. Atlas Grant, emperador de Atira, había dicho con la voz más firme que había escuchado en él: Me ganaré tu afecto.
Y ese juramento no se le borraba de la