La primera mañana tras la boda, la luz del amanecer se filtró entre los cortinajes dorados de la cámara imperial. Leighis abrió los ojos lentamente, acostumbrándose al resplandor cálido que bañaba las paredes de mármol. Se sentía diferente, no tanto por lo que había ocurrido en la ceremonia, sino por el peso de la promesa que él le había hecho. Atlas Grant, emperador de Atira, había dicho con la voz más firme que había escuchado en él: Me ganaré tu afecto.
Y ese juramento no se le borraba de la mente.
El lecho estaba frío a su lado. El emperador ya no estaba. Leighis se incorporó y encontró sobre la mesa una jarra con agua fresca, frutas y pan. Un gesto pequeño, pero tan inesperado de un hombre como Atlas que no pudo evitar sonreír apenas. “Él mismo no habrá preparado esto… pero lo pensó”, reflexionó mientras bebía.
Atlas estaba en el patio de armas cuando ella lo encontró. Vestía ropas de entrenamiento y blandía una espada en solitario, perfeccionando sus movimientos. El sol de la ma