Hespéride apareció al lado de él y le dio un pañuelo para que limpiara sus lágrimas. Ella había encontrado las cartas que le había dejado a la elfa. El emperador que nunca la quiso solo era amable con esa santa dorada y su potencial aliado estaba enamorado también de ella. Aunque entre ellos solo debía existir un pacto de conveniencia para matar al emperador. Lo demás no importaba.
Horus lo recibió, pero dejó de sollozar al notar la presencia de la bruja púrpura. Se puso de pie y la encaró con fervor.
—¿Tu propuesta sigue en pie?
—Sí.
Horus puso su diestra en la espalda de ella y la pegó a él con fuerza.
—Entonces, acepto —comentó Horus con convicción—. Te llevaré a la ciudadela.
El aire se espesó entre ambos tras esa declaración. No hubo sonrisa ni gesto de complicidad, solo la certeza de un acuerdo que cambiaría el destino de los reinos. Los ojos violetas de Hespéride brillaban con un fulgor gélido, como si aquel sí fuera apenas una pieza más de un tablero que ella ya tenía previsto