El salón del banquete se iluminaba con cientos de lámparas de aceite y candiles colgantes que lanzaban destellos dorados sobre los muros de mármol negro. El eco de las copas alzadas y los coros de músicos llenaba la cámara principal de Atira. El emperador Atlas Grant ocupaba el sitial central, rodeado de príncipes, generales y embajadores que aguardaban su gesto para brindar. Leighis Noor, envuelta en un vestido nupcial blanco con bordes dorados que aún conservaba el perfume de los lirios, permanecía a su lado, observada con reverencia y envidia.
Los regalos llegaban en interminable procesión: cofres de jade de los reinos del este, armas bañadas en oro entregadas por los clanes de las montañas, collares de perlas traídos de los mares del sur, estatuillas de plata con inscripciones sagradas, tapices bordados con escenas bélicas de antiguas victorias. Cada presente era anunciado en voz alta, acompañado de un brindis y de vítores que hacían vibrar las vigas del salón. Atlas aceptaba con