Capítulo 40 La boda
En Atira, la antigua Krónica, el ambiente estaba cargado de expectación. Las campanas de las torres repicaban con solemnidad, mientras la gran ciudad imperial se vestía con sus mejores galas. Desde los balcones colgaban tapices bordados en oro y púrpura, colores que simbolizaban la unión de la corona y la nueva era que el emperador Atlas Grant anunciaba con orgullo. En el centro de su palacio, en una de las cámaras privadas, se encontraba un objeto que era tanto macabro como significativo: la cabeza de la antigua emperatriz púrpura. Atlas había ordenado conservarla tras su ejecución, como prueba tangible de su poder y trofeo personal de su victoria. No estaba expuesta al público, pero sí guardada en un estante tras un cristal tallado con runas de contención. Su piel, ya marchita, conservaba el tinte lívido con las manchas moradas, y sus ojos habían sido cerrados para impedir cualquier mal augurio. Para Atlas no era más que un símbolo: la derrota de su pasado y la afirmación de que ning