Horus se levantó antes que el sol y salió al patio de la posada. El aire aún estaba frío y el suelo húmedo por el rocío. No necesitaba público ni testigos, solo el ritmo constante de sus músculos, el temple de su espada y la disciplina que lo había mantenido vivo todos esos años. El acero cortó el aire con movimientos amplios, primero lentos, luego cada vez más veloces. Su respiración se acompasaba con cada estocada, cada giro de muñeca y cada paso firme que retumbaba sobre la tierra apisonada.