Hespéride se acostó en la cama. Mientras que Horus estaba en una silla, mirando por la ventana. La madera del cuarto crujía bajo el soplo del viento nocturno, y el silencio de la posada parecía envolverlos con un peso extraño, como si ambos hubieran quedado atrapados en un territorio donde ya no existían ejércitos, ni títulos, ni guerras. El fulgor de la luna entraba apenas por los bordes de la cortina, iluminando parte del perfil de él y el brillo plateado de sus pupilas.
—Soy tu enemiga, ¿por qué bebiste sin dudar lo que di? —dijo ella en voz baja, con un tono que no buscaba ofenderlo, sino provocarle una respuesta que solo él pudiera darle.
Horus ni siquiera giró el rostro. Sus dedos tamborileaban con lentitud en el brazo de la silla, como si pensara cada palabra antes de pronunciarla.
—Hace quince años pudiste hacerlo —respondió él—. Sé que eres leal a tu palabra. Ahora mismo, no hay ningún motivo para pelear… Si quieres irte, puedes hacerlo; yo no te detendré. Si eras esclava y p