Hespéride se acostó en la cama. Mientras que Horus estaba en una silla, mirando por la ventana. La madera del cuarto crujía bajo el soplo del viento nocturno, y el silencio de la posada parecía envolverlos con un peso extraño, como si ambos hubieran quedado atrapados en un territorio donde ya no existían ejércitos, ni títulos, ni guerras. El fulgor de la luna entraba apenas por los bordes de la cortina, iluminando parte del perfil de él y el brillo plateado de sus pupilas.
—Soy tu enemiga, ¿por