Horus volvió a acercarse a ella.
—Quítese la ropa.
Hespéride moldeó un gesto altivo, aunque en sus labios permaneció la sombra de un cansancio que no podía ocultar. La orden sonaba fría, dura, pero clara. Horus no buscaba someterla, sino sanar sus heridas. Aun así, la manera en que él lo dijo resonó extraña, casi como una sentencia. Ella llevó sus manos al vestido y este comenzó a deshacerse en jirones de sombra, quedando su piel expuesta bajo la tenue luz de los cristales que el príncipe había