El alba comenzaba a teñir el cielo de un gris pálido cuando la energía bestial se disipó, retirándose como la marea. El pelaje blanco se fundió en la piel, los huesos se reacomodaron con un suspiro sordo, y donde había estado el majestuoso lobo, ahora yacía Horus, humano, desnudo y respirando con pesadez sobre el frío suelo de piedra. Hespéride lo observó, su propio cuerpo marcado y vibrante, y en sus ojos púrpura ardía una llama que la transformación no había apagado, sino que había avivado ha