El alba comenzaba a teñir el cielo de un gris pálido cuando la energía bestial se disipó, retirándose como la marea. El pelaje blanco se fundió en la piel, los huesos se reacomodaron con un suspiro sordo, y donde había estado el majestuoso lobo, ahora yacía Horus, humano, desnudo y respirando con pesadez sobre el frío suelo de piedra. Hespéride lo observó, su propio cuerpo marcado y vibrante, y en sus ojos púrpura ardía una llama que la transformación no había apagado, sino que había avivado hacia un nuevo tipo de voracidad.
Se arrastró hacia él, su cuerpo esbelto deslizándose sobre las losas. Cuando sus pieles se encontraron —la de él, fría y pálida como la luna; la de ella, cálida y trazada por ríos de púrpura—, un estremecimiento los recorrió a ambos. No fue un estremecimiento de cansancio, sino de reinicio. La bestia había saciado un hambre, pero el hombre y la mujer despertaban otra.
Horus abrió los ojos, y su mirada plateada, ahora de vuelta a su estado habitual pero cargada con