La tarde que marcó el nacimiento de los herederos arrancó con un presagio visible: cielo claro que tornó en plomo, viento cálido que se volvió gélido, y rayos magenta que descendieron en trazos luminosos desde lo alto para extinguirse junto a la tierra. La lluvia llegó pronto, gruesa y persistente, como si el mundo mismo lavara su faz en anticipación. En el interior del palacio, las lámparas lanzaban reflejos temblorosos sobre los mosaicos; en la estancia privada de Hespéride, el aire olía a resina, tela limpia y una fragancia tenue de flores nocturnas que ella misma había elegido para la noche.
Hespéride y Horus estaban juntos, sin acompañantes dentro de la cámara; la reina había pedido privacidad para atravesar el trance con la presencia del rey. Ella reposó sobre cojines elevados, la espalda sostenida con cuidado; su vientre irradiaba un brillo interior que parecía modular la luz de la habitación. Horus permaneció a su lado, las manos como anclas sobre la manta, la mirada firme com