La tarde que marcó el nacimiento de los herederos arrancó con un presagio visible: cielo claro que tornó en plomo, viento cálido que se volvió gélido, y rayos magenta que descendieron en trazos luminosos desde lo alto para extinguirse junto a la tierra. La lluvia llegó pronto, gruesa y persistente, como si el mundo mismo lavara su faz en anticipación. En el interior del palacio, las lámparas lanzaban reflejos temblorosos sobre los mosaicos; en la estancia privada de Hespéride, el aire olía a re