Tras la pesada puerta de sus aposentos, el mundo exterior se desvaneció como un sueño. El rugido de la celebración se transformó en un murmullo lejano, un eco apagado por gruesos tapices y muros de piedra milenarios. Dentro, reinaba un silencio profundo, roto solo por el crepitar de la leña en la chimenea y el susurro de sus ropas al moverse. La habitación, bañada por la tenue luz del fuego y unas pocas velas, olía a cera caliente, flores frescas y la fragancia residual de la ceremonia.
Horus se detuvo en el centro de la estancia, su espalda ancha proyectando una sombra alargada sobre el suelo de mármol. Con un movimiento pausado, se quitó la pesada capa ceremonial, dejando que el terciopelo azul y la plata cayeran en un susurro a un sillón cercano. Su mirada plateada, ahora desprovista de la máscara regia, ardía con una intensidad cruda y directa, fija en Hespéride.
Ella, a su vez, comenzó a desanudar los cierres de su vestuario. Cada broche que cedía revelaba un centímetro más de su