Tras la pesada puerta de sus aposentos, el mundo exterior se desvaneció como un sueño. El rugido de la celebración se transformó en un murmullo lejano, un eco apagado por gruesos tapices y muros de piedra milenarios. Dentro, reinaba un silencio profundo, roto solo por el crepitar de la leña en la chimenea y el susurro de sus ropas al moverse. La habitación, bañada por la tenue luz del fuego y unas pocas velas, olía a cera caliente, flores frescas y la fragancia residual de la ceremonia.
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