La luz tenue del amanecer descendía sobre la selva como una bruma dorada que se adhería a las hojas amplias y al suelo húmedo. El segundo día de marcha comenzó con el murmullo grave de la fauna nocturna retirándose hacia sus escondites, mientras los primeros sonidos del día despertaban con suavidad. La caravana se levantó con movimientos lentos, aún cansada por el esfuerzo de la jornada anterior. Las fogatas apagadas desprendían hilos finos de humo que ascendían sin prisa hacia el dosel espeso.
Hespéride fue una de las primeras en ponerse de pie. Ajustó con cuidado la tela que cubría a Érika —la más tranquila de las tres— mientras Asterope se estiraba con un parpadeo lento y Crisótemis buscaba la mano de su madre para impulsarse sobre el suelo aún fresco. Las manchas oscuras sobre sus brazos y mejillas brillaban cuando la luz alcanzaba la piel infantil, recordando a todos el linaje al que pertenecían. Nadie retrocedía ante ese detalle; al contrario, parecía ofrecer una confianza inesp