La luz tenue del amanecer descendía sobre la selva como una bruma dorada que se adhería a las hojas amplias y al suelo húmedo. El segundo día de marcha comenzó con el murmullo grave de la fauna nocturna retirándose hacia sus escondites, mientras los primeros sonidos del día despertaban con suavidad. La caravana se levantó con movimientos lentos, aún cansada por el esfuerzo de la jornada anterior. Las fogatas apagadas desprendían hilos finos de humo que ascendían sin prisa hacia el dosel espeso.