Cirania había evitado a la emperatriz. No tenía cara para verla. Debido a su traición, el emperador había matado a las tres hijas. Eso era imperdonable. Lo mejor era irse lejos y evitar la furia bruja púrpura y del Khronos.
Xytrha iba con ello. Habían perdido. Justo como en su profecía, las dos lunas habían destruido a la tierra. Ahora estaban exiliados a la tierra de los gigantes. Atlas había perecido de manos de los dos que lo habían retado.
Los barcos que las alejaban se mecían sobre el agua con un vaivén pesado, impregnado de un olor a sal y madera húmeda que hacía más amarga la derrota. Cirania permanecía en la cubierta, de espaldas al mar abierto. No quería mirar la costa lejana de Alesia, ese contorno que desaparecía poco a poco. Verlo implicaba recordar el filo que había clavado en la espalda de Hespéride, recordar el instante exacto en el que su deslealtad había provocado un destino irreversible. Había aceptado la orden ciega del emperador, creyendo que aquella acción la salv