Horus cayó de rodillas tras el último golpe, una roca ardiente que Atlas había conjurado desde el suelo y que le impactó de lleno en el costado derecho. El aire se le escapó de los pulmones con un gemido ahogado y el mundo le dio un giro violento. El metal del sabor a sangre inundó su boca; sintió como si parte de su caja torácica se hubiese quebrado. Pero aun así, aun en ese estado, se puso de pie. Titubeante. Respirando con dolor. Sin rendirse.
Atlas, con el torso cubierto de quemaduras helad