Horus cayó de rodillas tras el último golpe, una roca ardiente que Atlas había conjurado desde el suelo y que le impactó de lleno en el costado derecho. El aire se le escapó de los pulmones con un gemido ahogado y el mundo le dio un giro violento. El metal del sabor a sangre inundó su boca; sintió como si parte de su caja torácica se hubiese quebrado. Pero aun así, aun en ese estado, se puso de pie. Titubeante. Respirando con dolor. Sin rendirse.
Atlas, con el torso cubierto de quemaduras heladas y heridas abiertas, avanzó hacia él con pasos que hacían vibrar el campo. Cada movimiento del tirano era una afirmación de dominio, de ferocidad, de un poder descomunal forjado por siglos gobernando a base de miedo. Fuego brotaba de sus brazos, chispas escarlata que caían al suelo y lo hacían hervir.
Horus le salió al encuentro. El contraste entre ambos era brutal.
Un titán colosal, abrasador, recubierto de tierra que se movía con él como una armadura viva.
Un hombre más pequeño, consumido po