Hespéride posó los pies en la tierra con un silencio solemne. Su respiración era firme, su postura erguida, sus ojos violetas ardiendo con un fulgor contenido que anunciaba que, por fin, estaba dejando de contenerse. Levantó ambas manos con la gracia tranquila de quien domina fuerzas ancestrales, y la oscuridad respondió a su llamado. Filamentos de sombra brotaron del suelo como serpientes gigantes, entrelazándose entre sí hasta transformarse en cadenas negras, gruesas, vivas, que se lanzaron sin aviso contra el cuerpo del titán.
Se enroscaron en sus muñecas, tobillos y cintura. Se aferraron a su piel endurecida con un crujido metálico, hundiéndose como si buscaran devorarlo. Atlas gruñó, sorprendido por la fuerza con la que aquellas ataduras lo jalaban hacia abajo.
Horus aprovechó el instante. Se transportó, dejando un rastro helado a su paso, y colocó sus manos sobre las cadenas. La escarcha se extendió por ellas, reforzándolas, congelando las partes que Atlas intentaba quemar o rom