Hespéride posó los pies en la tierra con un silencio solemne. Su respiración era firme, su postura erguida, sus ojos violetas ardiendo con un fulgor contenido que anunciaba que, por fin, estaba dejando de contenerse. Levantó ambas manos con la gracia tranquila de quien domina fuerzas ancestrales, y la oscuridad respondió a su llamado. Filamentos de sombra brotaron del suelo como serpientes gigantes, entrelazándose entre sí hasta transformarse en cadenas negras, gruesas, vivas, que se lanzaron s