Hespéride no esperó a ver el resultado. Elevó su zurda con elegancia letal, la oscuridad brotó de ella como una sombra viva, trepando por la masa ardiente que aún conservaba su fuerza. La negrura envolvió por completo el coloso de fuego y roca, devorándolo desde el interior. La materia se contrajo, crujió, desapareció con un resplandor que parecía tragarse a sí mismo. En un parpadeo dejó de existir, como si jamás hubiese sido creada.
El silencio posterior fue casi irreal.
Leighis seguía inconsc