Hespéride no esperó a ver el resultado. Elevó su zurda con elegancia letal, la oscuridad brotó de ella como una sombra viva, trepando por la masa ardiente que aún conservaba su fuerza. La negrura envolvió por completo el coloso de fuego y roca, devorándolo desde el interior. La materia se contrajo, crujió, desapareció con un resplandor que parecía tragarse a sí mismo. En un parpadeo dejó de existir, como si jamás hubiese sido creada.
El silencio posterior fue casi irreal.
Leighis seguía inconsciente, tirada en la tierra. Nadie más podía sanar al emperador. Atlas, por primera vez sin su curación inmediata, se vio expuesto, dependiente únicamente de su fuerza bruta.
Hespéride levantó su mano derecha. Un rayo magenta surgió de su palma con un estallido de energía que iluminó la noche entera. Su mirada era un filo púrpura, directo hacia el hombre que había asesinado a sus hijas, que había destruido reinos y oprimido pueblos enteros. Todo aquel odio reservado, esa calma peligrosa que solo