Atlas no concebía, ni en los rincones más recónditos de su mente, la idea de estar arrodillado ante ellos. Su orgullo, templado a golpes desde la infancia; su poder, incontestado por décadas; su voluntad, que había doblegado reinos enteros… nada en su historia contemplaba la humillación. Era un ser nacido para estar de pie, para mirar a los demás desde arriba, para que el suelo temblara con cada uno de sus pasos. La mera postura en la que se encontraba; rodillas clavadas contra la tierra partid