Atlas no concebía, ni en los rincones más recónditos de su mente, la idea de estar arrodillado ante ellos. Su orgullo, templado a golpes desde la infancia; su poder, incontestado por décadas; su voluntad, que había doblegado reinos enteros… nada en su historia contemplaba la humillación. Era un ser nacido para estar de pie, para mirar a los demás desde arriba, para que el suelo temblara con cada uno de sus pasos. La mera postura en la que se encontraba; rodillas clavadas contra la tierra partida, el pecho presionado, la respiración pesada, la sangre escurriendo por la espalda donde Horus le había dejado el hacha enterrad, era una herida más profunda que cualquiera de las visibles.
No podía procesarlo.
No podía aceptarlo.
No podía permitirlo.
Horus sintió esa negación muda, ese temblor de furia animal que vibraba en los músculos del emperador, pero ya no le importaba. Había llegado demasiado lejos, había sufrido demasiado, había visto morir a demasiados de los suyos como para dudar siq