Horus apretó más y más, los antebrazos convertidos en grilletes de hielo que se hundían en la garganta del titán. Sentía los músculos de Atlas vibrar bajo su piel, tensarse como cuerdas de acero a punto de reventar, resistir la presión con una ferocidad casi animal. Sin embargo, Horus también sentía cómo, lentamente, centímetro a centímetro, esa resistencia cedía. La escarcha que brotaba de sus palmas se adhería al cuello del emperador en placas gruesas, translúcidas, que crujían con cada jadeo del gigante. La fuerza del frío era tan intensa que la piel del titán se ennegrecía donde el hielo se comprimía.
Detrás de ellos, Frost y Beta continuaban jalando las cadenas con una determinación incansable. Los cascos de ambos caballos levantaban nubes de polvo y chispas a medida que se clavaban en la tierra reseca. Sus músculos tensos vibraban bajo la luz rojiza y violeta del caos que los rodeaba. Cada paso hacia atrás era una lucha monumental, pero ambos animales, nacidos de la magia más an