Horus apretó más y más, los antebrazos convertidos en grilletes de hielo que se hundían en la garganta del titán. Sentía los músculos de Atlas vibrar bajo su piel, tensarse como cuerdas de acero a punto de reventar, resistir la presión con una ferocidad casi animal. Sin embargo, Horus también sentía cómo, lentamente, centímetro a centímetro, esa resistencia cedía. La escarcha que brotaba de sus palmas se adhería al cuello del emperador en placas gruesas, translúcidas, que crujían con cada jadeo