Atlas observó la refriega con una expresión vacía, hundida en ese desdén que solo él sabía convertir en arma. No había rastro de respeto por sus enemigos, ni un ápice de reconocimiento ante su fuerza conjunta. Para él, Hespéride y Horus no eran más que una molestia insistente, una infección que debía ser extirpada con brutalidad. Su mandíbula se tensó, y sin necesidad de un gesto dramático, dio una orden que rebotó entre sus tropas como un trueno maldito.
Algunos de sus soldados, los mejor entrenados, los más salvajes, dejaron escapar un gruñido agónico mientras sus cuerpos comenzaban a quebrarse y reformarse. Los gigantes hicieron lo propio; sus huesos crujían y sus músculos se distendían bajo la piel gruesa que se transformaba. En cuestión de segundos, varios imperiales, tanto humanos como colosales, adoptaron su forma lupina: bestias enormes de pelaje oscuro, ojos encendidos y colmillos que destilaban agresión pura. Sus aullidos quebraron el aire, mezclándose con el temblor de un s