Atlas había observado con creciente incomodidad cómo el lobo blanco y la bruja púrpura podían arrinconarlo si actuaban juntos. Su respiración se volvió más áspera, y un destello oscuro cruzó su mirada. Entendió, al fin, que la batalla no consistía en desgastar rebeldes o en demostrar superioridad ante soldados comunes; la verdadera amenaza era ellos dos, los monarcas que el destino había tejido como sus aniquiladores.
—Apunten las catapultas, flechas y toda arma contra ambos —ordenó Atlas, sin elevar la voz, pero con la firmeza que agitaba el aire mismo—. Los demás no importan, solo maten a esos dos.
El ejército imperial respondió de inmediato. Los gigantes corrían para ajustar la dirección de las catapultas; los arqueros tensaban las cuerdas de sus arcos; los magos de tierra y fuego extendían las manos para cargar sus hechizos. La orden era clara: no había prioridad más grande que destruir al Khronos y a la Luna púrpura.
Atlas entendía algo fundamental. Matar rebeldes era inútil. Si