Atlas había observado con creciente incomodidad cómo el lobo blanco y la bruja púrpura podían arrinconarlo si actuaban juntos. Su respiración se volvió más áspera, y un destello oscuro cruzó su mirada. Entendió, al fin, que la batalla no consistía en desgastar rebeldes o en demostrar superioridad ante soldados comunes; la verdadera amenaza era ellos dos, los monarcas que el destino había tejido como sus aniquiladores.
—Apunten las catapultas, flechas y toda arma contra ambos —ordenó Atlas, sin