Hespéride levantó su mano derecha apenas un dedo, un gesto mínimo, sutil, casi delicado, y sin embargo cargado de un poder que estalló en el aire como un trueno silencioso. La magia del rayo, pura y controlada, recorrió el campo en un destello magenta que delineó la silueta de Horus antes de que su cuerpo desapareciera en una estela luminosa. Lo transportó frente a ella, no con brusquedad, sino con precisión infalible, colocándolo justo entre el hacha que avanzaba y su propio pecho. La bruja co