Atlas rugió con una furia colosal y su cuerpo lupino comenzó a deformarse. El pelaje marrón se replegó como una ola invertida, los huesos crujieron, los músculos se expandieron con una violencia monstruosa y, en cuestión de segundos, la bestia cuadrúpeda cedió su lugar al titán de cuatro metros. La luz del fuego interno lo envolvía, marcando cada fibra de su carne endurecida. Su sombra dominó el campo partido y, apenas recuperó su forma completa, se lanzó de inmediato a matar a más rebeldes y t