El lobo marrón retrocedió un paso, dejando un rastro de sangre oscura sobre la tierra caliente. Su pecho subía y bajaba con violencia; por primera vez, el emperador Atlas estaba herido de verdad. Sus músculos titánicos temblaban bajo el peso de la fatiga y del dolor. Leighis, a su lado, convertida aún en loba dorada, intentó ponerse firme, pero sus patas flaquearon y cayó sobre un costado. Su pelaje brillaba apagado, sin el fulgor celestial que la caracterizaba. Apenas podía respirar; cada jade