Atlas se levantó de su trono. Su expresión endurecida no mostraba cansancio, solo la decisión de quien ya no consideraba el juego como parte de la guerra. Había llegado el momento de aniquilar al Khronos.
—Basta de pérdidas innecesarias —dijo con voz grave, que se expandió como trueno—. Esta noche lo mataré yo mismo.
El movimiento de su cuerpo alteró el equilibrio del suelo. Cada paso hacía temblar la tierra; las antorchas se mecían, las piedras vibraban, los soldados abrían paso con respeto y