Atlas arrojaba piedras con su derecha y ráfagas de fuego con su zurda. Las rocas, envueltas en llamas, cruzaban el aire dejando estelas ardientes que iluminaron el cielo gris. Horus intentó esquivarlas, moviéndose entre el humo y el polvo, pero el cansancio lo hacía lento. Una piedra lo alcanzó en el hombro y lo lanzó hacia atrás; el fuego rozó su costado, quemando parte de su capa. Cayó sobre la tierra ennegrecida, la espada se le escapó de las manos y rodó unos metros más allá.
El golpe lo de