Atlas llegó a dominar el combate. La tierra se estremecía bajo sus pies y cada golpe suyo resonaba como un trueno que atravesaba el campo. Horus, cubierto de sudor y sangre, retrocedía entre el humo y los escombros. Su respiración era irregular; el peso de la batalla comenzaba a notarse en sus movimientos. El titán aprovechó la mínima abertura y lanzó un puñetazo directo a su abdomen. El impacto lo dobló, haciéndole perder el aire. Un segundo golpe en el rostro lo hizo girar en el aire antes de