Las sombras que habían sido aliadas de los rebeldes fueron barridas por la luz implacable de Leighis Noor. La noche perdió su espesor protector, y con ella se fue el manto que les permitía moverse como espectros entre las legiones imperiales. El cielo, antes devorado por nubes negras, ahora brillaba como si el sol se hubiese posado sobre la tierra misma. El plan de Atlas se desplegaba con una precisión escalofriante: faroles y lámparas flotaban sobre los campos y entre los árboles, extendiendo