Horus deslizó lentamente su mano hasta la empuñadura de la daga que descansaba en su funda, aferrándola como si de esa hoja dependiera su destino. El metal helado contra sus dedos era un recordatorio de lo que era: un guerrero que había sobrevivido a todo, y aun así… seguía sin poder salvar a los suyos. Su respiración estaba contenida, dura, quebrada por dentro. Lambda permanecía agazapada a su lado, la pantera negra tensaba el lomo y los búhos, desde las rocas más altas de la cueva, aguardaban