El cielo oscuro, que hasta entonces había sido aliado de Horus y sus hombres, se desgarró de pronto como si una mano invisible lo rasgara. Un parpadeo de luz intensa cortó la noche; fue un segundo, apenas un respiro, pero suficiente para que la penumbra que envolvía sus movimientos se evaporara como humo al contacto con el fuego. La aparición de Leighis no fue sutil ni silenciosa. Surgió en medio del campo de batalla como un faro viviente, con la túnica blanca agitándose con el viento y el cabe